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Hace unos días estuvimos en el Museo del Oro y debo decir que disfruté mucho una pequeña muestra de piezas procedentes del Museo de Shanghai: "Dragones Imperiales de China".
Lo que más me gustó fue la elaborada decoración de cada uno de los objetos expuestos, entre ellos las cerámicas, pinturas y vestuario con minucioso bordado. Unos provenientes de años cercanos, otros de la más inimaginable antigüedad. Hay barro, jade, seda... los materiales deliciosos, los acabados casi perfectos, como si en esas épocas hubieran usado un láser para tallar.Lástima que no dejan tomar fotos, pero realmente vale la pena visitarlo. Me pregunté cómo una sociedad con un concepto artístico-utilitario tan refinado, avanzado y distintivo de cualquier otro colectivo cultural, deba soportar a un retrógrado sistema comunista (ante el que sucumben los de abajo), pero a la vez capitalista y del más salvaje (que llena las arcas y enfunda los dientes de oro de los de arriba)... en fin, cosas de la paradójica historia.
Ilustro este post con un un par de afiches dispuestos en la sala donde se dictan los talleres en el museo, y un mínimo dragón colgante que, alejado de sus amigos procedentes de Shangai, embellecía los espacios pulcros del recinto, justo donde se exponen las piezas precolombinas.
Creo que estaba hecho de papel y cartón, era tan pequeño y estaba tan lejano, suspendido en el abismo, que mi miopía no me dejó apreciarlo bien. El zoom de mi cámara ayuda y agradezco que sea una extensión de mis sentidos, así ustedes también pueden disfrutar de las extraordinarias pequeñeces de la vida, esas que siempre me encuentro en el camino...


Finalmente pude atrapar con mi cámara al vendedor de tamales. Pasa anunciando su venta a todo pulmón los sábados y domingos como a las 7:30 de la mañana, a veces más temprano, a veces más tarde... pero cada fin de semana ¡sin falta alguna!
Me gusta que haya tantas cosas en Bogotá para que los niños puedan divertirse aprendiendo.
A propósito de la exposición de piezas del Museo de Shangai en el Museo del Oro (que está maravillosa), realizarán un taller para niños de 7 a 10 años en el que harán nada más y nada menos que dragones de mazapán... ¡a mí me encantaría hacerlo!
El taller, que llevará a los chicos a modelar estos animales fantásticos, pintarlos y comérselos, será dirigido por María de la Paz Guzmán y lleva por nombre "Dlagones pala chinos con azúcal". Se dictará en las instalaciones del Museo del Oro y recibirá a un grupo de niños el sábado 6 de noviembre, y a otro grupo el sábado 13 de noviembre.
Las inscripciones son gratis pero el cupo es limitado, deben llamar al museo al teléfono 3432222, opción 5. *La foto no es mía, sino del Museo del Oro.
Mi acercamiento al Halloween no había sido más que ver muchas películas de Tim Burton, y disfrutar las pinatas que mis padres nos organizaban a mi hermano y a mi (cumplimos con dos semanas de diferencia) en la infancia: calabazas y mucho color naranja.
El Halloween este anio nos agarró en Bogotá, un lugar donde parecen volverse locos con tal celebración (además en la misma fecha celebran el día de los ninos): ediciones de caramelos en forma de fantasmas, accesorios para convertirse en un ser distinto, espantapájaros en las puertas de las casas, aranas colgando de los techos, fantasmas ondeando al viento...
Además, era domingo, y eso coincidió con la apertura de la ciclovía en la carrera séptima, así que entre bicicletas y globos nos fuimos a ver cómo los ninos recibían caramelos tras cantar una minitonada... incluso los buhoneros les daban dulces. Eso me encantó.
Disfraces hubo a montón, y un desfile infantil con motivo del bicentenario terminó de llenar la fiesta de color. En la noche cenamos momias (hechas con salchichas, pasta y tiritas de queso), hubo pequenas dosis de caramelos y chocolates, y una buena cepillada con dentrífico sin fluor para, obviamente, evitar la aparición de monstruos horrendos en los dientes de mi hijo...



La quincalla ambulante...